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Los Pumas armaron una resistencia heroica en los últimos 10 minutos del partido frente a Irlanda y se aferraron a una victoria por 28 a 24 que les permitió pasar a los cuartos de final de
la cuarta Copa del Mundo El 20 de octubre de 1999 los Pumas le dan forma a una victoria heroica e inolvidable; con un agónico triunfo frente a Irlanda en Lens, por 28 a 24, logran el pasaje a los cuartos de final del Mundial de Gales; antes, el seleccionado conducido por el neozelandés Alex Willye había conseguido otro hecho histórico para nuestro rugby: por primera vez superaban la ronda inicial de una Copa del Mundo.
 |  | | Reggiardo, Allub, Felipe Contepomi, Camardón y Arbizu disfrutan en el césped de Lens | Termina el partido en Lens y los Pumas están en los cuartos de final del Mundial; Pichot, Arbizu y Quesada se funden en un abrazo |
Los Pumas fueron parte de la ceremonia inaugural del cuarto Mundial. En el partido que abrió el fuego cayeron en el Millenium Stadium de Cardiff ante un seleccionado galés alentado por más de 70.000 fanáticos. La derrota por 23 a 18 se sintió, pero el plantel sabía que su gran objetivo iba más allá que intentar un batacazo ante los locales; todos los cañones apuntaban a derrotar a Western Samoa y a Japón, los otros rivales del grupo, para lograr el objetivo que ningún seleccionado nacional había alcanzado: pasar a la segunda ronda.
Atrás habían quedado los días tormentosos de listas polémicas (Facundo Soler y Ezequiel Jurado quedaron en el camino), de salvoconductos para jugadores sancionados (Ledesma y Sporleder recibieron un perdón transitorio), y de cambios en el timón del seleccionado; el último terremoto antes de llegar a Gales había sido la renuncia de Héctor Méndez: el entrenador platense había llegado dos meses antes para reemplazar a José Luis Imhoff, y a pocos días del debut se fue dando un portazo, disgustado con los dirigentes. Así, el responsable de conducir a los Pumas sería el neozelandés Alex Wyllie. A pesar de todo, la confianza del plantel era directamente proporcional a los desatinos que se sucedían a su alrededor.
La llave para superar la primera ronda era, como en los mundiales de 1991 y 1995, Western Samoa, el verdugo histórico de los argentinos. Los años insistían en poner en el camino de los Pumas a esos rústicos y potentes hombres del Pacífico Sur, acostumbrados a jugar al límite del reglamento.
Sporleder estaba descartado por un desgarro, y antes del choque clave, el plantel recibió otra noticia dolorosa: Roberto Grau, fundamental en la primera línea, había sido suspendido por 21 días a raíz de una agresión mutua con el galés Colin Charvis. El pilar mendocino sólo podría volver a jugar si los Pumas llegaban a los cuartos de final.
Las imágenes del primer tiempo contra Western Samoa repetían los padecimientos de años anteriores. Los hombres de camiseta azul aprovecharon las desconcentraciones de los argentinos y con poco se fueron al descanso con una ventaja de 13 puntos. Lo que sucedió en el entretiempo en el vestuario argentino nunca se conoció en detalle, pero varios jugadores confesaron que nunca habían visto tan enojado a Wyllie. Los gritos del neozelandés tocaron el amor propio de los Pumas y los últimos 40 minutos fueron totalmente diferentes. Los forwards, con Mauricio Reggiardo a la cabeza, arrollaron a los samoanos y el equipo se plantó en campo rival para sacarse de encima ese estigma que había tomado forma en los últimos ocho años. El botín mágico de Gonzalo Quesada se lució hasta sumar 27 puntos, y la victoria fue contundente: 32 a 16.
Faltaba un solo paso para quedar en la historia: Japón. Los Pumas sólo necesitaban mantener la concentración ante el rival más débil del grupo, y lo consiguieron, aunque la actuación sólo fue aceptable. El triunfo que les dio el histórico pase a la segunda ronda fue por 33 a 12. Las sonrisas y los abrazos en el césped del Millenium coronaron la misión cumplida.
"Al partido con Irlanda llegábamos totalmente de punto, pero estábamos muy bien de la cabeza después de tantos problemas que tuvimos antes del Mundial. Habíamos pasado a la segunda ronda por primera vez en un Mundial y esto era como un bonus. No teníamos mucho que perder y ese fue un envión anímico para nosotros", recuerda Diego Albanese. El partido contra los irlandeses era un regalo que se debían los jugadores después de tanto esfuerzo. El objetivo primordial estaba cumplido; faltaba lo mejor.
Pocos apostaban por Los Pumas antes del choque del 20 de octubre. Los mismos irlandeses destilaban confianza y su entrenador, el neozelandés Warren Gatland, hablaba más del supuesto choque con los franceses en los cuartos de final que de su rival inmediato. Se empezaba a preparar el gran golpe.
Albanese fue uno de los protagonistas excluyentes de la memorable noche de Lens. Su try después de la gran jugada de los tres cuartos fue un punto de inflexión en el partido, que hasta allí dominaban los irlandeses: "Fuimos a jugar sin presión, a disfrutar del partido y de estar en los octavos de final de una Copa del Mundo. Y les faltamos el respeto a los irlandeses. Casi todos se quedaron con la imagen del try que apoyé, pero para mí el recuerdo más fuerte es el de esos últimos 10 minutos en los que defendimos como nunca. Lo dijo Mario Ledesma: podríamos haber jugado dos horas más y no nos iban a anotar un try. Esa fue una marca imborrable para los Pumas".
Tiene razón Albanese. Más allá de la jugada que le tocó definir por la punta izquierda, después de una brillante combinación que inició Felipe Contepomi (Wyllie acertó al hacerlo ingresar por Corleto) y que continuó Gonzalo Camardón infiltrandose en la línea de tres cuartos, queda otra imagen de aquel partido. Los Pumas ganaban 28 a 24 a pocos segundos del final. Los irlandeses necesitaban un try para dar vuelta la historia, pero en esos casi 10 minutos de descuento que agregó el australiano Stuart Dickinson, la defensa argentina cerró las puertas a cualquier intento. Una y otra vez cargaron los hombres de camiseta verde y siempre se encontraron con un tackle oportuno, con una pared infranqueable que los empujaba hacia atrás. Llegó el silbato final, los abrazos, la locura expresada de mil maneras, el éxtasis por otra hazaña con el sello histórico de los Pumas.
"La excitación que teníamos después del partido era impresionante. Me acuerdo de que nos fuimos a festejar por ahí y volvimos al hotel como a las cinco de la mañana. Prendimos un televisor y justo estaban dando la repetición de la victoria. Así que nos quedamos viendo el partido y casi no dormimos, porque a las ocho nos juntamos para ir a entrenar. A esa altura no nos importaba nada. No lo podíamos creer", dice el ex wing del SIC.
Había que bajar los decibeles, tratar de enfocar la atención en el partido con Francia en Dublín. Estaba la chance de agregarle otro capítulo a la gloriosa actuación; la posibilidad de meterse en las semifinales del torneo. Sin embargo, el desgaste físico y la dureza de los franceses, que jugarían la final frente a Australia después de sorprender a los All Blacks, serían demasiado. El sueño se terminaría con pena pero sin drama. "Para el partido con Francia nos quedamos sin resto físico. La idea era jugar a nuestro ritmo, hacer todo mucho más lento... Pero a los 10 minutos íbamos 17-0 abajo y estábamos obligados a reaccionar, a buscar el partido con más decisión. Agustín (por Pichot) le tuvo que dar más dinámica al juego y al final no dábamos más. Perdimos, pero dejamos todo", comenta Albanese sobre una derrota que no reflejó con fidelidad lo ocurrido en la cancha: 47 a 26.
Los Pumas recibieron el reconocimiento del público en la despedida. Habían disputado mano a mano un lugar en las semifinales, unos días más tarde confirmarían que Gonzalo Quesada era el goleador del certamen y, fundamentalmente, habían desatado la verdadera pumamanía en nuestro país
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